domingo, 8 de agosto de 2010

Grisel.

El sol abraza las casas bajas. Un lago colmado de pájaros moja la arena. Cierta calma pesa sobre las calles aturdidas y el pavimento hierve bajo un mediodía anaranjado. El ruido roto de un ventilador resuena mientras duermo con un brazo colgando de la cama, casi tocando el suelo.
Ya despierto, meto dos huevos fritos y una porción de pizza en la octava maravilla de la humanidad: el microondas. Arrancada la espera de 0:59 segundos de cocción, miro mis pies y veo dos barcos hundiéndose en el abismo, entre piedras filosas y reptiles hambrientos. Lluvia ácida y zombies nazis caen de un negro cielo. Ya no queda esperanza.
El timbre de los 0:00 segundos me retorna a la viva realidad, siento hambre y mis manos sudan.
Golpean la puerta. Al abrir, irrumpe desaforadamente en mi cuarto Grisel. Harapienta, perfumada de mugre y resaca. Anoche durmió en un banco de plaza y su cara está demacrada. La invito a sentarse y sobre el único plato que tengo le sirvo los huevos fritos y la porción de pizza.
Mastica atractivamente y en silencio la observo. Grisel es una de esas embarcaciones en llamas que se hunde en aguas profundas y me arrastra consigo.

Entre cigarros.

Prendí un cigarrillo. Se respiraba un aire helado que castigaba los pulmones. La noche, entristecida por los edificios grises, envolvía de soledad mi caminar. Me detuve frente a una puerta semiabierta en la que bailoteaban intrépidas luces de colores. Una música confusa rugía desde adentro y, sin más que hacer, pasé.
Manchas amarillas de humedad ornamentaban los altos muros del prostíbulo y los concurrentes eran en su mayoría tacheros ebrios y ancianos. La razón que me dirigió a aquel lugar la desconozco. Me senté en una mesa apartada y pedí vino. Una mujer que fumaba nerviosamente, se aproximó y, como si me conociera, se sentó a mi lado. Tenía el pelo largo teñido de rubio, semblante pálido y un lunar pintado arriba de su boca.
-Soy Lupe- dijo.
-Sos el ser más horrendo y monstruoso que existe- le dije.
-Vos también. Vámonos arriba y nos conocemos mejor- contestó con una sonrisa inexpresiva.
Tras ella subí unas escaleras y la seguí hasta un pequeño cuarto. Una cama y una estufa vieja era todo lo que yacía entre esas cuatro paredes húmedas. Me acosté sobre las sabanas rojas y nos desnudamos, ella cariciaba mi cuello y me besaba. Recorrí su cuerpo con mi boca hasta llegar a la suya. Un haz de luz suave se escapaba de sus ojos. Entonces empecé a estrangularla con tal fuerza que no pudo gritar, jadeaba desesperadamente y se desvanecía. Finalmente abandonó su
cuerpo dejando un cadáver blanquecino entre mis manos. Arrojé cincuenta pesos sobre su vientre cicatrizado de cesárea y salí a la calle.
Ya empezaba a clarear, el cielo se tornaba delicadamente azul. Pájaros amanecidos vertían su canto en la mañana. Desde la cima de una gran fuente se asomaba flamante el sol y sus rayos como agujas atravesaban el caudal de agua. Mientras yo, hastiado de mi, encendía otro cigarrillo.